Hoy gran parte de este país hemos convivido con las palabras escritas por el pequeño Diego, hemos pasado el día sin poder olvidar esas líneas que dirigió a su familia antes de lanzarse desde su casa al lejano suelo. Esa carta que hoy sus padres nos muestran con la esperanza de que sirva para que el caso no quede, como parece que lleva camino, cerrado y olvidado.
Algo le pasaba al pequeño, no quería ir al colegio. Algún tipo de acoso, abuso, o de acto de dominación de alguien (o alguienes), algo que le hizo literalmente la vida insoportable y que con sus breves años de existencia le hizo decidir que no aguantaba más.
Algo le pasó a Alan hace pocas semanas, o a Carla antes, otros casos que han tenido más eco en los medios más allá de lo local. Este sábado en mi ciudad, otro chaval de 15 años, alumno de un instituto también decidió acabar con todo, sus amigos apuntan a acoso escolar, se va a investigar.
Siempre ha habido, lo sabemos, lo hemos visto o lo hemos vivido. Quizás ahora estamos más sensibilizados, quizás ahora aunque no lo parezca, empezamos a darnos cuenta de que no son "cosas de críos". Quizás, como pasó con la violencia de género estamos ante un punto de inflexión, y algunos casos nos remueven tanto que por fin se conseguirá hacer algo.
Yo no soy experta, sólo soy madre y también fuí niña. Recuerdo un caso que hubo en un colegio cercano al mío, una alumna de unos 12 años se suicidó cuando yo estaba en 6º de EGB. Entonces no teníamos apoyo de psicológos para comentar estas cosas en el cole, y salvo de rumores de patio sobre si se metían con ella y por eso lo hizo, sólo tuvimos una charla de una profesora diciéndonos que había sido una tonta haciendo tal cosa porque era algo que no tenía arreglo. Supongo que en un intento de quitar la idea de la cabeza a quien rumiara algo similar. No lo sé.
Pero ahora, ¿hay más casos? ¿Son más crueles? Sí que tenemos el añadido de la tecnología, hace el acoso más amplio, tiene una difusión más rápida, es más complicado escapar, pero no es la causa.
Los colegios, algunos, van implantando protolos contra el acoso, pero estamos oyendo muchos casos en los que se lavan las manos, no actúan a tiempo o intentan quitarse el problema de encima.
¿Tienen la culpa los profesores? ¿Los colegios? ¿Los padres?
Las situaciones que nos llevan ante el acoso o el abuso no están limitadas al ámbito de lo escolar.
Esto es cosa de todos, todos somos responsables y todos somos la solución si nos concienciamos.
Estamos creando una sociedad más deshumanizada cada vez, una sociedad en la que primamos lo productivos que somos ante lo afectivo. Un mundo en el que nos bombardean desde todos los sitios que debemos ser los más guapos, los más musculosos, los más exclusivos, los más in, los más cool, los más modernos, los más listillos (pero no los más inteligentes ni los más cultivados), los que más ganan, los más espabilados... pero nos olvidamos de que ante todo deberíamos aspirar a ser buenas personas y a ser felices.
La empatía, eso se inculca poco, y debería ser uno de nuestros pilares, simplemente ya desde la biología, el instinto de conservación de la especie.
Demasiada competitividad en todo, en los colegios también.
El alumno de la semana, esto vi hace poco en uno que visité. Y había fotos del alumno de la semana en el pasillo (de infantil), luego me dijeron que valoraban el que más había aprendido (repito, en infantil).
Ya ni hablamos de los espectáculos que se montan en partidos escolares de vez en cuando por parte de los padres.
Tenemos que ser los primeros, el segundo puesto es una mierda, el tercero para deprimirse, y detrás de eso, putos losers.
Así estamos enseñando a valorarnos.
Competición por encima de colaboración. Eso es nuestro mundo. Y desprecio por el que no da la talla en lo que sea.
Los mensajes publicitarios aprovechan los peores aspectos del ser humano para vender: Codicia, vanidad, envidia...
Las parrillas televisivas están llenas de concursos de los más variados talentos en los que se machaca hasta lo inhumano al que pierde, o al que es distinto. Y todo esto comentado en tiempo real en RRSS. "Fulanito es un llorón y se merece que le echen" "Fulanita es una zorra manipuladora y encima tiene el pelo de rata".
Esto nos lo podemos encontrar en twitter en cualquier emisión de estos programas. En los de adultos, pero también en los de niños. Adultos despellejando niños en las RRSS, tirados en el sofá comiendo patatas fritas. Y nuestros hijos están a nuestro lado.
Y los niños aprenden lo que ven. Y luego nos echamos la mano a la cabeza porque a un niño de la clase del nuestro le roban el bocadillo por gafotas.
El escarnio del chaval del león come gamba fue muy divertido. Para escojonarse vivo. Le hicieron una crítica muy constructiva delante de todo el país. Y lo comentamos, y echamos más leña al fuego. Súper divertido. Y todo por arañar para la próxima emisión unos pocos cientos de miles de euros a los anunciantes enseñándoles las audiencias de la semana.
Quizás sea el momento de reflexionar sobre qué estamos construyendo, parar y poco a poco, acto a acto de cada uno de nosotros, reconstruir.
En las altas esferas, Congreso, o empresas públicas, por ejemplo, tenemos a diario situaciones ejemplarizantes. Todo un mundo de valores por descubrir.
Los críos ven las noticias, aunque sea de pasada. Nos escuchan comentarlas. Sus pequeñas esponjitas cerebrales asumen todo lo que les rodea. Quizás les estén llegando mensajes equivocados.
Me pongo en el lugar de esos padres y se me estremece el alma, me tengo que aguantar las lágrimas imaginando el dolor que tienen ahora y el que les acompañará ya para el resto de sus vidas. Sillas vacias en Navidad o nietos que ya no conocerán... Porque alguien decidió que era mejor que ellos y podían hacer lo que quisieran.
Y me pongo en el lugar de los padres de un acosador y del mismo modo me estremezco. Cómo no hemos podido evitarlo, cómo no hemos podido verlo... Supongo que a poca empatía que tengan tiene que ser terrible también, descubir que tu hijo es responsable de algo así. Pero ellos pueden arregarlo.
Los otros padres ya no.
En casa tenemos el importante papel de educarles en el respeto, en la igualdad, en la diversidad, y sobre todo en la empatía.
Recuerdo que de cría cuando veía algún tipo de abuso aprendí a no respaldarlo (sí, aprendí, porque yo también pude ser cruel en ocasiones) pensando en cómo se sentirían los padres de esa persona si supieran que a su hijo/a le estaban dejando de lado. Y me los imaginaba contentos, preparando el bocadillo del almuerzo con todo el amor del mundo, y dando un beso al dejarles en el cole, igual que hacian conmigo y simplemente me ponía en su lugar.
Pero también tenemos que darles las herramientas para aforntar este tipo de situaciones si llegan a pasarles a ellos, o a otros. Que sepan que nos pueden contar todo, que pueden confiar en nosotros y que nada es tan horrible como para que unos padres les pudieran dar la espalda.
Hoy he leído esta noticia, y cientos de comentarios a ella en los medios y en las RRSS. Salvo algún capullo insensible (que siempre lo hay, y así vamos), me ha entristecido leer casos de padres y abuelos que ahora mismo están en la sitaución de que sus peques están siendo acosados, y especialmente me ha llegado al alma la voz de una madre que decía que había tenido que contar a su hija que nadie iba a ayudarla, porque no estaba encontrando apoyo. Imaginad el desgarro de decirle a tu pequeño que sólo puedes confiar en tus padres. Pero también se ha visto como el mensaje de horror y necesidad de hacer algo era unánime.
Ojalá el mensaje que guardaba Lucho no caiga en el olvido colectivo.
Somos todos culpables y cómplices. Podemos pararlo todos. Tenemos que querer pararlo todos.
miércoles, 20 de enero de 2016
jueves, 24 de septiembre de 2015
La moda de los rincones de lectura
Desde que pinterest y la moda por lo cuqui entró a nuestras vidas, parece que somos esclavos de las cosas bonitas y nos pegamos buena parte de nuestro tiempo de navegación buscando ideas e inspiración para cualquier asunto.
No está mal, lo cierto es que se nos abren posibilidades hasta ahora limitadas a nuestra sola imaginación y gusto, pero a veces se nos va el tema de las manos.
Ya no solo en todas las casas hay una mesa auxiliar Lack, sino que en todas las casas tenemos una Lack tuneada para que sea cuqui.
De entre todas las ideas de decoración que pululan por ahí, una de las más llamativas es la de los rincones de lectura para niños.
Confieso que yo caí en el encanto de estos rincones y explore posibilidades tanto en Instagram como en Pinterest, pero estoy viendo que se está convirtiendo en una obsesión (y que no se me mosquee nadie) para algunas progenitoras que ansían que sus nenes lean y lean.
Llegados a este punto me paro y pienso. ¿No se nos va de las manos? Son rincones bonitos bonitísimos, sí, y hay fotos monerrísimas (no sé si he puesto bien la palabreja inventada ad-hoc para cosas cuquis, ese es otro tema del que podríamos hablar otro día), pero realmente son necesarios para aficionar a un niño a la lectura?
Soy lectora compulsiva, y bastante precoz, y jamás tuve un rincón de lectura. Bueno sí, lo tenía, como todo hijo de vecino...
La primera pega que veo es que acaba siendo muy de postureo de cara a las visitas cuando estás dando más importancia al sitio en sí que a la acción de leer. Me explico. Con tanta perfección acabas dando prioridad a lo estético antes que a lo práctico, a la parte de exhibición antes que a la lectura en sí.
Cuando se pregunta a expertos qué hacer para que un niño tome interés por la lectura muchos mencionan el proporcionar un lugar adecuado. Este lugar pasa por que el niño tenga acceso fácil a los libros, que los pueda coger él mismo sea cuál sea su estatura. Pero ¿para esto necesitamos "construir" un rincón de la casa a este próposito?
¿No vale con dejar los libros en los niveles de las estanterias a las que llegue? ¿Y no vale enseñarle que cuando quiera coger un libro que no alcance mamá y papá están disponibles para hacerlo?
Muchos de los rincones de lectura que vemos por ahí están preparados para mostrar las portadas y dejarlos en exposición.
Yo tendría que vivir por lo menos en Buckingham Palace para poder colocar así mis libros. Y mucha gente. Con esta modalidad de rincón nos quedamos sin espacio para libros en dos días. (Además me sigo resistiendo a los ebooks, y mi afán acumulativo de libros sigue creciendo...).
Por otra parte de esta forma estamos dando muchísima importancia al exterior del libro, más que al interior. Y está más pensando para los álbumes ilustrados que para otro tipo de libros, y sí, todos tenemos álbumes, y estamos en una época de esplendor en los libros ilustrados con verdaderas joyas, pero también tenemos libros sin ilustraciones o libros con ilustraciones pero con muchas páginas que no es práctico colocar de este modo.
Además hay libros con ediciones feas pero con buen contenido que no vale la pena poner en escaparate.
Los niños crecen e irán teniendo más libros de estos últimos. ¿Tendremos que desechar el rinconcito cuqui?
Otra cuestión, la comodidad. Veo que muchos de estos rincones se completan con cojines tirados por el suelo. Cuqui, sí. ¿Práctico? No mucho. Y si tienes perro ya ni te cuento...
Además dar tanta importancia al entorno no lo veo tan esencial. Cuando te sumerges en un libro te sumerges del todo y el entorno se desdibuja. No es tan importante que sea bonito.
Creo que lo que hay que potenciar es que toda la casa sea un rincón de lectura. Esto es como otros menesteres (¿Por qué restringir algunas actividades sólo a la cama cuando hay tantas posibilidades?).
Se puede leer en cualquier sitio, donde nos guste más, donde estemos más cómodos, donde en ese momento haya menos ruido, donde acostumbre a echarse el gato para que nos caliente los pies mientras, en la terraza al solete en primavera, en la cocina si nos han invadido el salón, en el baño, en la bañera, en la cama o en el sofá.
Y fuera, claro. Acabamos leyendo en el metro, en la sala de espera de los médicos, en un prado, en un parque...
Y esta será una de las claves que ayudarán a que nuestros hijos lean, que vean que el mundo es un rincón de lectura y que nosotros leemos en cualquier parte, porque el ejemplo es lo que más cuenta.
No está mal, lo cierto es que se nos abren posibilidades hasta ahora limitadas a nuestra sola imaginación y gusto, pero a veces se nos va el tema de las manos.
Ya no solo en todas las casas hay una mesa auxiliar Lack, sino que en todas las casas tenemos una Lack tuneada para que sea cuqui.
De entre todas las ideas de decoración que pululan por ahí, una de las más llamativas es la de los rincones de lectura para niños.
Confieso que yo caí en el encanto de estos rincones y explore posibilidades tanto en Instagram como en Pinterest, pero estoy viendo que se está convirtiendo en una obsesión (y que no se me mosquee nadie) para algunas progenitoras que ansían que sus nenes lean y lean.
Llegados a este punto me paro y pienso. ¿No se nos va de las manos? Son rincones bonitos bonitísimos, sí, y hay fotos monerrísimas (no sé si he puesto bien la palabreja inventada ad-hoc para cosas cuquis, ese es otro tema del que podríamos hablar otro día), pero realmente son necesarios para aficionar a un niño a la lectura?
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| Visto en Pinterest |
Soy lectora compulsiva, y bastante precoz, y jamás tuve un rincón de lectura. Bueno sí, lo tenía, como todo hijo de vecino...
La primera pega que veo es que acaba siendo muy de postureo de cara a las visitas cuando estás dando más importancia al sitio en sí que a la acción de leer. Me explico. Con tanta perfección acabas dando prioridad a lo estético antes que a lo práctico, a la parte de exhibición antes que a la lectura en sí.
Cuando se pregunta a expertos qué hacer para que un niño tome interés por la lectura muchos mencionan el proporcionar un lugar adecuado. Este lugar pasa por que el niño tenga acceso fácil a los libros, que los pueda coger él mismo sea cuál sea su estatura. Pero ¿para esto necesitamos "construir" un rincón de la casa a este próposito?
¿No vale con dejar los libros en los niveles de las estanterias a las que llegue? ¿Y no vale enseñarle que cuando quiera coger un libro que no alcance mamá y papá están disponibles para hacerlo?
Muchos de los rincones de lectura que vemos por ahí están preparados para mostrar las portadas y dejarlos en exposición.
Yo tendría que vivir por lo menos en Buckingham Palace para poder colocar así mis libros. Y mucha gente. Con esta modalidad de rincón nos quedamos sin espacio para libros en dos días. (Además me sigo resistiendo a los ebooks, y mi afán acumulativo de libros sigue creciendo...).
Por otra parte de esta forma estamos dando muchísima importancia al exterior del libro, más que al interior. Y está más pensando para los álbumes ilustrados que para otro tipo de libros, y sí, todos tenemos álbumes, y estamos en una época de esplendor en los libros ilustrados con verdaderas joyas, pero también tenemos libros sin ilustraciones o libros con ilustraciones pero con muchas páginas que no es práctico colocar de este modo.
Además hay libros con ediciones feas pero con buen contenido que no vale la pena poner en escaparate.
Los niños crecen e irán teniendo más libros de estos últimos. ¿Tendremos que desechar el rinconcito cuqui?
Otra cuestión, la comodidad. Veo que muchos de estos rincones se completan con cojines tirados por el suelo. Cuqui, sí. ¿Práctico? No mucho. Y si tienes perro ya ni te cuento...
Además dar tanta importancia al entorno no lo veo tan esencial. Cuando te sumerges en un libro te sumerges del todo y el entorno se desdibuja. No es tan importante que sea bonito.
Creo que lo que hay que potenciar es que toda la casa sea un rincón de lectura. Esto es como otros menesteres (¿Por qué restringir algunas actividades sólo a la cama cuando hay tantas posibilidades?).
Se puede leer en cualquier sitio, donde nos guste más, donde estemos más cómodos, donde en ese momento haya menos ruido, donde acostumbre a echarse el gato para que nos caliente los pies mientras, en la terraza al solete en primavera, en la cocina si nos han invadido el salón, en el baño, en la bañera, en la cama o en el sofá.
Y fuera, claro. Acabamos leyendo en el metro, en la sala de espera de los médicos, en un prado, en un parque...
Y esta será una de las claves que ayudarán a que nuestros hijos lean, que vean que el mundo es un rincón de lectura y que nosotros leemos en cualquier parte, porque el ejemplo es lo que más cuenta.
jueves, 14 de mayo de 2015
The Knick. Medicina vintage
Una de las últimas series que he visto, y la que más me ha gustado desde
que acabé True Detective, y que no puedo dejar de recomendar es The Knick.
Ambientada en un hospital neoyorkino a principios del siglo XX, dirigida por
Steven Sodebergh y protagonizada por el guapérrimo Clive Owen en el papel de un
prestigioso cirujano.
Pero que nadie se espere un Anatomia de Grey, y mucho menos un Hospital
Central patrio.
Estamos ante una serie bastante cruda, pero muy buena.
El primer capítulo tiene un arranque de los de dejarte muerto en el sofá.
De hecho cuando vi este primer episodio pasé gran parte de esta introducción sin
mirar la pantalla y luego dejé la serie para más adelante.
Estaba embarazada de no muchas semanas y no era el momento, aunque luego
me la vi entera casi de tirón al final del embarazo.
¿Por qué no era el momento entonces? Porque comienza con una cesárea, pero
si no habéis visto la serie imaginad, una operación de este tipo en un quirófano
a principios de siglo XX. No doy más detalles, mejor verlo.
Estando en mi estado, me interesó (y me sobrecogió) mucho la trama de las
cesáreas, se repite en varios capítulos, ya que están intentando dar con la
forma de que un embarazo con placenta previa llegue a buen término. Algo que en
la actualidad se tiene totalmente controlado y las cesareas se ven incluso como
una cirugía de trámite (y para nada lo es)
Para mi es lo mejor de la serie, el hacerte entrar en situación y
ambientarnos en la época, la verdadera protagonista de la trama. Para los que
somos ajenos a las profesiones de las ciencias de la salud, la historia de la
medicina nos queda un poco lejos y muchas veces nos olvidamos de que hace 4
días, la mayoría de procedimientos actuales no estaban ni imaginados.
Se la recomendaría ver a todos los antivacunas por ejemplo. Nos recuerda
que no hace tantos años (y mis abuelos, supongo que como muchos de los vuestros,
nacieron y vivieron en esos años) la gente se moría de enfermedades que ahora ni
nos preocupan, o que las enfermedades mentales se creía que estaban causadas por
infecciones, transfusiones que no funcionaban (lo del RH como que no lo sabían),
o que no existían los aspiradores (de sangre) en los quirófanos. No tenían ni
luz...
![]() |
| El quirófano en The Knick |
Porque The Knick conjuga muy bien el fondo documental con la trama.
El hospital en
el que transcurre la historia se inspira en el real Knickbocker, de Manhattan. A
lo largo de la primera temporada vemos como se incorporan a la medicina avances
como la electricidad, los rayos X, y también podemos echar en falta algunas
"ayuditas" que ni se usaban aún entonces, los antibióticos
Es también una muestra bastante detallada de la sociedad de entonces: el
racismo (uno de los protagonistas es un médico negro que no tendrá nada fácil
incorporarse al equipo a pesar de contar con experiencia y con la recomendación
de uno de los dueños del hospital. Es hijo de un matrimonio del servicio
doméstico), el machismo y el papel de la mujer entonces, la corrupción, el
tráfico de cuerpos, los prejuicios y la moralidad de entonces...
A todo ellos contribuyen los personajes principales, que están muy bien
construidos y contamos con un gran abanico de muestra:
el director corrupto, la monja
abortista, conductores de ambulancia (con caballos) con sobresueldos dudosos,
cirujanos adictos a la cocaína, envidias y rivalidad entre médicos, romance y
sexo entre médicos y enfermeras...
Las historias personales también enganchan, aunque quizás queden en segundo
plano, supeditadas a la época.
La serie está muy bien ambientada y respiramos el aire del Nueva York de
entonces, una ciudad nada luminosa y un poco claustrofóbica. A esto ayuda la
banda sonora. Totalmente anacrónica. En el primer capítulo me descolocó mucho,
pero a medida que ves la serie te acostumbras e incluso la echas en falta en
alguna ocasión y casa muy bien con el contenido.
No quiero contar mucho, porque es mejor verla, así que si podéis, la recomiendo.
Son solo 10 episodios en la primera temporada, se
ven en un pispás y llegáis a tiempo para la segunda, que se emitirá en otoño de
este año.
The Knick ha obtenido reconocimiento, como la nominación de Owen en los
Globos de Oro como mejor actor de serie dramática, o el premio a la mejor serie
dramática de los Satellite. Aunque en España ha pasado bastante
desapercibida
¿La habéis visto?
jueves, 26 de marzo de 2015
"Con los potitos industriales nuestros bebés comen mejor que nosotros" ¿En serio??
Hoy he podido ver un folleto distribuido en una farmacia (sí, farmacia, ni en buzón ni en revista, en farmacia) que me ha recordado por qué en muchas ocasiones tengo objeción de conciencia dedicándome a lo que me dedico, el marketing y la comunicación.
El folleto es este:
Es de una marca de comidas infantiles, y en este caso nos habla sobre los potitos.
Es muy tramposo, por varios aspectos. No lo llega a decir, pero a través de la foto podemos intuir (o nuestro cerebro se encargará de asociarlo), que la comida para nuestros bebés preparada en casa y los tarritos infantiles industriales están en guerra y que uno es mejor que otro.
Y la guerra la gana ya sabemos quién.
Pero no lo dicen con palabras, quizás para evitar ataques si la cosa fuera demasiado descarada.
A continuación, ofrecen un listado de las múltiples ventajas que tiene un tarrito industrial de esta marca sobre, suponemos, nuestra comida preparada con productos adquiridos en fruteria, carnicería, etc.
Están libres de Bisfenol A.
Hombre, gracias por el detalle. Y aquí añaden efectos beneficiosos, pero ojo, estos efectos son los que harían el uso de BPA, entiendo, no el tarrito en sí. O sea, evitar diabetes, enfermedades cardiovasculares, etc. Y obesidad, claro.
No faltan las alegaciones sobre que son súper naturales, que pasan todos los controles habidos y por haber, que no añaden sal ni azúcares, que si los certificados ISO varios, que previenen la obesidad infantil, cero conservantes, bla bla bla...
El slogan, claro, no podía ser otro. "Nútrele bien". Y la palabra salud.
Ahí, apelando a nuestra responsabilidad de padres que debemos velar por la salud de nuestros hijos. "Nútrele", imperativo. Y "bien", no seas negligente y compra nuestros tarritos.
El término salud además se refuerza con la primera frase: "... hasta su llegada a la farmacia". Lugar en el que asociamos que lo que se vende es para nuestra salud, y lugar en el que hemos visto este panfleto.
Si está en la farmacia es que es verdad, y en serio, y sano. Claro.
Que muy naturales, sí, pero anda ya, ¿los habéis probado? Los de pescado huelen asqueroso. La comida de mi gata tiene mejor pinta y huele más sabrosa.
Los de carne no tienen gusto a carne lo mires por donde lo mires. El de manzana sabe igual que el de pera...
Lo siento, pero yo no me lo trago (literal).
El tema de que las proporciones estén controladas por expertos en nutrición como argumento... pues no sé. En las listas de alimentación de algunos pediatras me da un poco de risa el 50 gr de pechuga, 30 dejamón, 50 cl de leche..
Nunca he usado una balanza para hacer los purés, ni para preparar mi comida, así que esa apreciación me queda también extraña.
La de traca es la última.
Con estos potitos nuestros tiernos infantes resulta que comen mejor que nosotros.
¿Mejor en calidad nutricional? ¿Mejor en sabor? ¿Mejor en todo?
A los potitos no les niego ventajas, sobre todo lanula rápida preparación: pueden venir muy bien en ocasiones puntuales, pero elegirlo como única fuente de nutrición, pues personalmente no tengo ninguna duda.
Yo a mi hijo mayor no llegué a darle muchos potitos, compré de vez en cuando para "emergencias", días en que no te ha dado tiempo, o en viajes (a pesar de cargar donde fuera con la babycook para cocer y triturar a gusto). Si yo como cada vez menos comida industrial, ¿por qué se la voy a dar a ellos? Además mi hijo enseguida mostró interés por nuestra comida y además tenía dientes desde muy pronto, con lo que los purés los alternamos con trozos casi desde el principio.
También para que se fuera acostumbrando de verdad a todos los sabores y texturas.
Pero recuerdo con claridad el último potito que abrí. Y es que el crío me lo dejó bien claro.
Estábamos en Asturias de vacaciones, con un añico recien cumplido. Aunque ya iba comiendo lo que comíamos nosotros y de postre siempre tenía su leche preferida (la mía), para "por si acaso" llevaba algún potito. Un día en un restaurante pedimos fabada, de la completa. "Para el niño, ¿me puede calentar este potito de merluza?"
En la mesa ya la fabada y el potito. Y mi hijo fue capaz de expresar (aunque aún no hablaba apenas), pero bien clarito, "el potito merluza pa ti maja, yo quiero fabada"
Y adios tarritos. Nunca más. Pa qué.
El folleto es este:
Es de una marca de comidas infantiles, y en este caso nos habla sobre los potitos.
Es muy tramposo, por varios aspectos. No lo llega a decir, pero a través de la foto podemos intuir (o nuestro cerebro se encargará de asociarlo), que la comida para nuestros bebés preparada en casa y los tarritos infantiles industriales están en guerra y que uno es mejor que otro.
Y la guerra la gana ya sabemos quién.
Pero no lo dicen con palabras, quizás para evitar ataques si la cosa fuera demasiado descarada.
A continuación, ofrecen un listado de las múltiples ventajas que tiene un tarrito industrial de esta marca sobre, suponemos, nuestra comida preparada con productos adquiridos en fruteria, carnicería, etc.
Están libres de Bisfenol A.
Hombre, gracias por el detalle. Y aquí añaden efectos beneficiosos, pero ojo, estos efectos son los que harían el uso de BPA, entiendo, no el tarrito en sí. O sea, evitar diabetes, enfermedades cardiovasculares, etc. Y obesidad, claro.
No faltan las alegaciones sobre que son súper naturales, que pasan todos los controles habidos y por haber, que no añaden sal ni azúcares, que si los certificados ISO varios, que previenen la obesidad infantil, cero conservantes, bla bla bla...
El slogan, claro, no podía ser otro. "Nútrele bien". Y la palabra salud.
Ahí, apelando a nuestra responsabilidad de padres que debemos velar por la salud de nuestros hijos. "Nútrele", imperativo. Y "bien", no seas negligente y compra nuestros tarritos.
El término salud además se refuerza con la primera frase: "... hasta su llegada a la farmacia". Lugar en el que asociamos que lo que se vende es para nuestra salud, y lugar en el que hemos visto este panfleto.
Si está en la farmacia es que es verdad, y en serio, y sano. Claro.
Que muy naturales, sí, pero anda ya, ¿los habéis probado? Los de pescado huelen asqueroso. La comida de mi gata tiene mejor pinta y huele más sabrosa.
Los de carne no tienen gusto a carne lo mires por donde lo mires. El de manzana sabe igual que el de pera...
Lo siento, pero yo no me lo trago (literal).
El tema de que las proporciones estén controladas por expertos en nutrición como argumento... pues no sé. En las listas de alimentación de algunos pediatras me da un poco de risa el 50 gr de pechuga, 30 dejamón, 50 cl de leche..
Nunca he usado una balanza para hacer los purés, ni para preparar mi comida, así que esa apreciación me queda también extraña.
La de traca es la última.
Con estos potitos nuestros tiernos infantes resulta que comen mejor que nosotros.
¿Mejor en calidad nutricional? ¿Mejor en sabor? ¿Mejor en todo?
A los potitos no les niego ventajas, sobre todo la
Yo a mi hijo mayor no llegué a darle muchos potitos, compré de vez en cuando para "emergencias", días en que no te ha dado tiempo, o en viajes (a pesar de cargar donde fuera con la babycook para cocer y triturar a gusto). Si yo como cada vez menos comida industrial, ¿por qué se la voy a dar a ellos? Además mi hijo enseguida mostró interés por nuestra comida y además tenía dientes desde muy pronto, con lo que los purés los alternamos con trozos casi desde el principio.
También para que se fuera acostumbrando de verdad a todos los sabores y texturas.
Pero recuerdo con claridad el último potito que abrí. Y es que el crío me lo dejó bien claro.
Estábamos en Asturias de vacaciones, con un añico recien cumplido. Aunque ya iba comiendo lo que comíamos nosotros y de postre siempre tenía su leche preferida (la mía), para "por si acaso" llevaba algún potito. Un día en un restaurante pedimos fabada, de la completa. "Para el niño, ¿me puede calentar este potito de merluza?"
En la mesa ya la fabada y el potito. Y mi hijo fue capaz de expresar (aunque aún no hablaba apenas), pero bien clarito, "el potito merluza pa ti maja, yo quiero fabada"
Y adios tarritos. Nunca más. Pa qué.
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